Solo a veces se atreven algunos a abstraerse de su vida rutinaria, para enfrentarse al propio pensamiento, para caminar por el extenso y enrevesado laberinto que es el cerebro. Pocas veces queremos prescindir de lo material para apreciar lo que verdaderamente importa.
Pocas veces permitimos que hable nuestra conciencia, para pararnos a pensar un poco.
Casi nunca podemos escuchar, escuchar a otros, eso ya es casi una fantasía.
Lo peor es que con tanto ruido a nuestro alrededor no somos capaces de escucharnos ni a nosotros mismos.
domingo, 27 de enero de 2013
La maldición de la isla.
Las olas rompen con fuerza contra las piedras, la espuma resbala entre los percebes. La lluvia cae formando charcos de agua negra que se mezcla el barro oscuro del suelo. Los truenos aúllan sobre las aguas turbulentas en mitad de la noche. La marea agitada choca contra la isla. El mar está furioso.
Un faro apenas ilumina con su débil foco a través de la niebla de color negro. El terror es arrastrado por las olas hasta los acantilados. Trepa el horror por la pared rocosa, se extiende por la maleza y se mezcla con la niebla. El viento teme, el miedo estremece la isla.
La luz del faro se apaga para no volver a encenderse, pues ahora es la oscuridad la que domina.
De las olas renacen, centenarios, los mil horrores y maldades. Del frondoso bosque se levanta el antiguo miedo. Un escalofrío recorre la isla de un extremo a otro. Cada hectárea maldita se oscurece bajo la niebla gris.
La muerte se agita entre los renglones. El hombre , apenas iluminado por una vela, escribe aprisa. El miedo tiembla entre las letras. La muerte baila en los atemorizados ojos del anciano.
La puerta de la caseta se abre repentinamente y el viejecito se da la vuelta, horrorizado. Una voz antigua le habla con fiereza.
El hombre, muerto de terror, ya sin fuerzas para gritar, con expresión de miedo, despide su postrer aliento, que queda en el aire de la noche maldita durante unos breves segundos.
Esta noche maldita, las olas golpean con fuerza las rocas. La espuma resbala entre los percebes. El horror de la isla ya nunca será olvidado.
Un faro apenas ilumina con su débil foco a través de la niebla de color negro. El terror es arrastrado por las olas hasta los acantilados. Trepa el horror por la pared rocosa, se extiende por la maleza y se mezcla con la niebla. El viento teme, el miedo estremece la isla.
La luz del faro se apaga para no volver a encenderse, pues ahora es la oscuridad la que domina.
De las olas renacen, centenarios, los mil horrores y maldades. Del frondoso bosque se levanta el antiguo miedo. Un escalofrío recorre la isla de un extremo a otro. Cada hectárea maldita se oscurece bajo la niebla gris.
La muerte se agita entre los renglones. El hombre , apenas iluminado por una vela, escribe aprisa. El miedo tiembla entre las letras. La muerte baila en los atemorizados ojos del anciano.
La puerta de la caseta se abre repentinamente y el viejecito se da la vuelta, horrorizado. Una voz antigua le habla con fiereza.
El hombre, muerto de terror, ya sin fuerzas para gritar, con expresión de miedo, despide su postrer aliento, que queda en el aire de la noche maldita durante unos breves segundos.
Esta noche maldita, las olas golpean con fuerza las rocas. La espuma resbala entre los percebes. El horror de la isla ya nunca será olvidado.
El incendio
Las campanas sonaron entre las ruinas del antiguo campanario,
pues los mecanismos aún funcionaban. ¿Quién las hizo sonar?
Nadie jamás lo supo, pero aquella tarde algo cambió.
Algo cambió para siempre. Las almas inocentes prendieron fuego.
La revolución comenzó. Comenzó en las calles empedradas.
Era algo de esperar. La revolución se inició.
Las campanas sonaban, las almas inocentes ardían.
Los líderes al fin temieron, las campanas resonaron con fuerza.
La revolución estaba en las calles empedradas con antorchas, palos y lanzas.
pues los mecanismos aún funcionaban. ¿Quién las hizo sonar?
Nadie jamás lo supo, pero aquella tarde algo cambió.
Algo cambió para siempre. Las almas inocentes prendieron fuego.
La revolución comenzó. Comenzó en las calles empedradas.
Era algo de esperar. La revolución se inició.
Las campanas sonaban, las almas inocentes ardían.
Los líderes al fin temieron, las campanas resonaron con fuerza.
La revolución estaba en las calles empedradas con antorchas, palos y lanzas.
Kreutzer- Una corta anécdota.
No había público. Eran solamente ellos dos, en la noche, tocando una hermosa pieza.
De vez en cuando se miraban, pero no demasiado, pues podría distraerles.
Ella posaba sus dedos sobre el piano con dulzura, y él manipulaba el arco casi con furia.
La sonata era larga, cierto, pero podría ser eterna y nunca acabar, porque lo disfrutaban de una manera increíble.
Llegó el final, las últimas notas aún estaban vibrando en el aire nocturno, cuando, de manera espontánea, sus labios se conocieron. Él todavía tenía el violín en la mano, y ella aún no había despegado sus suaves dedos de las teclas. Ya he dicho que no había público, pero se podía sentir el mundo temblando a su alrededor. Miles de aplausos. Sus almas se entrelazaron con una fuerza irrompible, todo se redujo a ese intenso beso. El tiempo dejó de ser tiempo durante esos segundos de satisfacción. La historia nunca conoció un beso tan apasionado y profundo como aquel del violinista con la pianista.
De vez en cuando se miraban, pero no demasiado, pues podría distraerles.
Ella posaba sus dedos sobre el piano con dulzura, y él manipulaba el arco casi con furia.
La sonata era larga, cierto, pero podría ser eterna y nunca acabar, porque lo disfrutaban de una manera increíble.
Llegó el final, las últimas notas aún estaban vibrando en el aire nocturno, cuando, de manera espontánea, sus labios se conocieron. Él todavía tenía el violín en la mano, y ella aún no había despegado sus suaves dedos de las teclas. Ya he dicho que no había público, pero se podía sentir el mundo temblando a su alrededor. Miles de aplausos. Sus almas se entrelazaron con una fuerza irrompible, todo se redujo a ese intenso beso. El tiempo dejó de ser tiempo durante esos segundos de satisfacción. La historia nunca conoció un beso tan apasionado y profundo como aquel del violinista con la pianista.
El bosque.
las hojas susurran
Una sombra asoma en el arroyo,
un escalofrío recorre el bosque
Un presagio tiembla entre la maleza,
el temor quema la hierba.
Las últimas luces del atardecer,
luces ya no son.
Una sombra asoma entre la maleza,
un miedo recorre el bosque
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