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domingo, 27 de enero de 2013

Kreutzer- Una corta anécdota.

No había público. Eran solamente ellos dos, en la noche, tocando una hermosa pieza.
De vez en cuando se miraban, pero no demasiado, pues podría distraerles.
Ella posaba sus dedos sobre el piano con dulzura, y él manipulaba el arco casi con furia.
La sonata era larga, cierto, pero podría ser eterna y nunca acabar, porque lo disfrutaban de una manera increíble.

Llegó el final, las últimas notas aún estaban vibrando en el aire nocturno, cuando, de manera espontánea, sus labios se conocieron. Él todavía tenía el violín en la mano, y ella aún no había despegado sus suaves dedos de las teclas. Ya he dicho que no había público, pero se podía sentir el mundo temblando a su alrededor. Miles de aplausos. Sus almas se entrelazaron con una fuerza irrompible, todo se redujo a ese intenso beso. El tiempo dejó de ser tiempo durante esos segundos de satisfacción. La historia nunca conoció un beso tan apasionado y profundo como aquel del violinista con la pianista.


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