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domingo, 10 de marzo de 2013

Preludio de la campiña.

Huele a lluvia y a leña. A tarde y a gris. Las gotas diminutas de agua salpican sobre el tejado de piedra, acariciando su centenario musgo. No se mueve ni el aliento, ni las flores en la hierba. Todo el sonido, poco,  viene de la campiña, la campiña inglesa.
Algún que otro pensamiento cae en un charco y me salpica de susurros, pero de resto, todo es serenidad plena. El color del aire es triste y desconsolado, en el pequeño pueblo el silencio es llovizna y la llovizna son pequeños recuerdos caídos del cielo.
Las hojas húmedas se acarician de lluvia en silencio, alimentando su verde estigma. Todo lo que nadie tuvo la bondad de decir cae entre estas silenciosas gotas.
Miro al horizonte negro de nubes, y mi solitario deseo se ve cumplido.
A la vez que escribo, pido disculpas, ante el lector, por este incomprensible delirio.

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